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Miercoles 16 Febrero 2011
RTVE
Programa de radio sobre injusticia
Viernes 11 Febrero 2011


The faces of injustice
Alicia García Ruiz
Fernando Vallespín
Inglés
06/03/2013
Rústica con solapas
206 pag.
14.1 x 21.6 cm
2 ed.
ISBN 978-84-254-3213-2
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«Una meditación provocativa sobre el significado y alcance de la injusticia humana -sus variedades y su relación tanto con la psicología humana como con la desigualdad social y económica.» -
Martha Nussbaum
«Una mirada original sobre nuestra sociedad y la política.» - Fernando Vallespín
A pesar de su enorme éxito docente y de la publicación de una decena de libros, Judith Shklar —primera mujer que ocupó la cátedra de Ciencia Política en Harvard y la presidencia de la Asociación Americana de Ciencia Política— no solo no ha alcanzado la repercusión de otros grandes de la teoría política estadounidense como Rawls, Walzer o Nozick, sino que continúa siendo una completa desconocida en el ámbito hispanohablante.
El aspecto más original de su obra, que la vincula con Berlin y Arendt, es el liberalismo del miedo. El siglo XX pone ante nuestros ojos un paisaje de horrores que no ha conseguido mitigarse, ya que violencia, crueldad y coerción persisten en la mayoría de las sociedades, y afectan sobre todo a los más desfavorecidos, lo que impide ilusionarse con la política. No hay más solución que la liberal de un gobierno limitado constitucionalmente, el Estado de derecho. Pero este no debe ser interiorizado como un mero seguimiento de reglas por parte de autoridades y ciudadanos, sino que ha de darse un activismo vigilante: lo importante es institucionalizar la sospecha, ya que solo una población desconfiada puede quitarse de encima el miedo y velar por sus derechos.
La tesis central de la presente obra, en la que se dan la mano Montaigne y Rousseau, es que las teorías de la justicia desarrolladas desde Platón hasta Rawls han generado una concepción de la misma como algo abstracto e impersonal que no abarca todas las dimensiones de su opuesto, la injusticia. Solo si nos comprometemos y, mediante procedimientos democráticos, expresamos permanentemente nuestro sentido de la injusticia, conseguiremos que los gobernantes se impliquen en tratar de aminorarla. El bienestar de la democracia depende de dicho compromiso.
