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opinión

Textos de Victorino Pérez Prieto y Javier Melloni

In Memoriam
In Memoriam
Raimon Panikkar
Su muerte no deja tristeza sino plenitud y estímulo para tomar el relevo donde él lo dejó.
“Todo está integrado, asumido, transfigurado”. In memoriam del amigo y maestro Raimon Panikkar
Victorino Pérez Prieto
(teólogo, filósofo y escritor)



Ha muerto el maestro y amigo Raimon Panikkar. Descanse en la paz de Dios y en esa armonía con toda la realidad cosmoteándrica que siempre buscó. Nos unía una fuerte amistad, más allá de su magisterio. Así lo manifiestan las numerosas cartas suyas que recibí, escritas con su letra minúscula y su firma inconfundible hasta que pudo hacerlo: “Te recuerdo y mucho. No dejes de acercarte por Tavertet. A una cierta edad, hay que superar la tentación de hacerse el duro”, me escribía. “La amistad, que es una forma de amar, es una virtud humana, y por tanto cristiana”.
Lo manifestó también en el Prólogo para mi libro Más allá de la fragmentación de la teología, el saber y la vida: Raimon Panikkar (Valencia 2008): “Me has pedido lo imposible. ¿Cómo puedo yo prologarme críticamente a mí mismo? Pero peor sería para mí no responder a un amigo, ya que considero la amistad como uno de los valores máximos de la vida humana, el único título que Cristo nos dio. Así pues, resuelvo el dilema con un compromiso: a los amigos se les puede escribir; y, en este caso, para felicitarte efusivamente por tu libro, que ha refrescado mi memoria y del que he aprendido mucho”.
Del mismo modo, y más allá del valor de mi trabajo filosófico y teológico desde su pensamiento, van cargadas de amistad sus palabras en la presentación de otro de mis libros, Dios, Hombre, Mundo: La Trinidad en Raimon Panikkar, publicado por Herder. Una presentación grabada en video en su casa, por la dificultad que tenía ya Raimon de desplazarse desde Tavertet a Barcelona, cosa para la que el mismo había manifestado gran interés; un video proyectado en la presentación del libro en la Biblioteca Nacional de Catalunya, que queríamos fuera también un homenaje en su 90 cumpleaños: “Victorino me entiende a mi más que yo mismo”. En todo caso, como me decía en otra de sus cartas que guardo celosamente, el sabía de mi esfuerzo por profundizar en su rico pensamiento, para caminar adelante: “Me has leído profundamente”. En este sentido, finalizaba el Prólogo del libro anterior haciéndome una petición: “tu colaboración a la liberación de la teología de las estrecheces microdóxicas a las que demasiado a menudo se la ha querido reducir”.
El nuestro fue un encuentro no sólo en la amistad, que siempre es gratuita, sino también en la conexión de intereses e ideas comunes; unas ideas que no siempre tuvieron buena acogida en otros teólogos y pensadores. Él como el maestro curtido en mil avatares intelectuales y existenciales entre Oriente y Occidente; con sus viajes, estancias tan distintos puntos del globo y sus lecturas multirreligiosas y multiculturales, realizadas en la docena de lenguas que utilizaba, con su cuádruple identidad cristiana, hinduista, buddhista y secular. Un pensamiento y una experiencia transmitidas en sus docenas de libros y cientos de artículos, conferencias, etc. Un trabajo reconocido por unos –muchos- y no tan reconocido por otros –bastantes-. Que si era o no filósofo, que si era o no teólogo, que si sabía o no escribir, que si no era “actual”, que si era un sincretista… Yo también, salvando la distancia con una persona y un intelectual muy excepcional… con mis mil avatares más modestos y más locales, con poco más de la mitad de años, con sólo mi docena de libros… Pero también, como el, aunque más modestamente, siendo valorado y querido por unos, calumniado por otros e incomprendido por bastantes.
Nuestras conversaciones de filosofía y teología resultaban fascinantes; pero llegaban a fatigarme a mi antes que a él -a pesar de tener yo muuuchos menos años que él-, porque sus propias palabras parecían transmitirle reactivamente una fuerza inusitada –tan débil como parece físicamente en sus últimos años-, consciente de lo que podían realizar. Esta riqueza de conversaciones quedó reflejada en algunas de nuestras conversaciones publicadas luego (Iglesia Viva 223, 2005).
Pero esta fuerza pareció alcanzar su límite al cumplir los 90 años. Poco despues empezó un declive inexorable, que notaba no solo cuando estaba ante él, sino en sus palabras débiles al teléfono y en las líneas cada vez más incomprensibles de sus cartas.
Raimon vivió intensamente una larga vida; por eso le costaba aceptar en los últimos tiempos vivir de una manera menos intensa. Veía como su prodigiosa memoria y su “inteligencia eléctrica” no funcionaba como en otro tiempo, aunque seguía hablando envidiablemente en distintas leguas según los distintos interlocutores.
Lo de Raimon Panikkar fue siempre todo o nada; nunca fue hombre de medias tintas. Su pensamiento siempre buscó la reflexión sobre el todo, la integración de toda la realidad “cosmo-te-andrica”, recogiendo hasta los mas insignificantes elementos. Una frase que repetía en sus escritos era un versículo del Evangelio, que citaba en el latin en que lo había aprendido: “Colligite quae superaverunt fragmenta, ne pereant” (Jn 6,12); una frase del Maestro, que pone fin al relato joánico de la multiplicación de los panes y los peces. En una interpretación particular y poco habitual del texto, resumía algo fundamental en su teología y su pensamiento: la necesidad de integración del conjunto de toda la realidad en todas sus dimensiones; recoger los fragmentos esparcidos, hasta los más pequeños, para reconstruir el todo armónico del que se han escindido: “Nada se desprecia, nada se deja de lado. Todo está integrado, asumido, transfigurado... Pensar todos los fragmentos de nuestro mundo actual para reunirlos en un conjunto armónico” (La intuición cosmoteándrica). Se trata de la interconexión de todo con todo. Frente al reduccionismo, el pensamiento de Panikkar tiene como principal característica esta obsesión por el todo; por una armonía entre las diversas realidades y disciplinas particulares -filosofía, ciencia y teología- y las distintas concepciones culturales del occidente moderno y de oriente. “No se trata de ir a ninguna parte. No es cuestión de parte alguna. No es cuestión de parcialidades... Es cuestión del todo” (El silencio del Buddha.Una introducción al ateísmo religioso).
Así era el “sabio de las montañas”, como lo llamaban en Barcelona. Así era este maestro que no quería discípulos miméticos, sino gente que pensara y actuara por si misma. Así era, sin pretensión de superioridad, este “icono del misterio”, como tituló uno de sus libros (Iconos del misterio. La experiencia de Dios). Así era este hombre grande -que tuvo también sus contradiciones y sus fallos, como todos los humanos- con el que muchos tuvimos la gracia de compartir vida y pensamiento, aprender de él y caminar hacia adelante, sabiendo que cada día nos trae algo nuevo si sabemos verlo. Muchas gracias, maestro, hermano, amigo Raimon.



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Raimon Panikkar, el sabio de Tavertet
Javier Melloni (jesuita)

Cuando la gota de agua cae en el océano, pierde su contorno pero no su acquidad. Esto es lo que recordó en muchas ocasiones Raimon Panikkar, citando los textos sagrados del hinduismo. Ahora que ha dejado su cuerpo, ha entregado su individualidad para entrar en el Todo. Sus 91 años de vida han sido un largo recorrido desde los Pirineos y los Himalayas hasta el mar.

La vida de Raimon Panikkar está marcada por pasos audaces y no exentos de contradicciones. En esto radica el reto de su vida y de su pensamiento. Consiguió tres doctorados: en ciencias (1958), con la tesis: Ontonomía de la ciencia. Sobre el sentido de la ciencia y sus relaciones con la filosofía; en Filosofía (1946), con la tesis: El concepto de naturaleza. Anàlisis histórico y metafísico de un concepto; y Teología (1961), con la tesis: El Cristo desconocido del hinduismo. Es importante caer en la cuenta de los tres ámbitos que abarcan: la materia, el pensamiento sobre el hombre y la reflexión sobre Dios. Posteriormente, Panikkar integraría esta tríada en uno de los términos más fecundos acuñados por él: la intuición cosmoteándrica, la comprensión de que la realidad forma una unidad inseparable entre la naturaleza (cosmos), lo divino (théos) y lo humano (andros).

Fue uno de los primeros miembros del Opus Dei, organización a la que perteneció desde 1940 hasta 1964. Lo que en un primer momento parecía ser un movimiento abierto e innovador, en seguida se reveló limitante para él. La partida a la India a los 36 años (a finales del 1954) tiene mucho que ver con esta toma de distancia. Allá comenzó el segundo gran período de su vida. Durante 35 años se arraigó en la cultura, religión y cosmovisión indias, primero residiendo de forma estable en Benarés y después combinándolo con cursos en la Universidad de Santa Bárbara en California y con diversos seminarios y conferencias en diversas universidades de Europa. A partir de 1987, con su jubilación, se estableció en Tavertet. Al inicio su presencia y su obra pasaron desapercibidas porque el pluralismo religioso y cultural desde y sobre los cuales hablaba eran extraños en nuestro país. Pero progresivamente hasta los últimos momentos de su vida, Tavertet se ha convertido en un lugar de peregrinación intelectual y espiritual para los que hemos encontrado en su persona y en su obra una inspiración en tiempos en los que han caído las antiguas certezas y en los que es indispensable la obertura a la diversidad de cosmosvisiones que existen en el planeta.

Sin duda alguna, una de las aportaciones más importantes de Panikkar ha sido pensar a partir de la integración de culturas, religiones y cosmovisiones diferentes, con la convicción creciente de que la realidad está radicalmente interrelacionada, de que todo está conectado con todo y todos con todos. El tenía integrado en su genética dos grandes civilizaciones. Cuando regresó de la India dijo: “Partí siendo cristiano; allá me he descubierto hindú y regreso buddhista, sin por ello dejar de ser lo primero”. Y cuando en una ocasión le preguntaron qué porcentaje de catalán, de español, de indio, de americano o de alemán tenía, respondió: “El cien por cien de cada cosa”. ¿Por qué nuestra tendencia a fragmentar, etiquetar, dividir, contraponer? De lo que se trata es de ser integralmente nosotros mismos en cada momento. Sin caer en fáciles sincretismos –la tendencia a mezclar identidades sin respetar su núcleo originario y específico-, era capaz de mirar universalmente y a la vez, valorar la más genuina singularidad. En otra ocasión, en el control de un aeropuerto le pidieron su número de identidad. Respondió: “Seis mil años”. El controlador no lo entendió. Él prosiguó: “Mi identidad está hecha de seis mil años de historia, como la suya, desde la aparición de la escritura y del pensamiento abstracto y de la indagación científica, desde Asia hasta el Mediterráneo. Está hecha de la sedimentación de culturas y sabidurías milenarias. Ahora bien, si lo que usted me pide es el número de mi carnet de identificación, entonces es otra cosa”. Este cuidado y atención al sentido preciso de las palabras (en este caso, atender a la diferencia entre identidad e identificación), este no contentarse con el significado banal del lenguaje hace que la lectura de su escritos sea exigente. Su esfuerzo por pensar de otro modo es lo que también le impulsó a acuñar nuevos términos. Demás del que ya hemos mencionado, propuso otros como: ecosofía (sabiduría de la tierra), tempieternidad (unión entre tiempo y eternidad), diálogo intra-religioso (en el interior de la misma experiencia religiosa, no sólo entre las religiones), microdoxia (creencias pequeñas), tiempo kairológico (el tiempo como kairós, como oportunidad y no únicamente como chronos, mera linealidad), etc.

Ha dejado un legado de más de 50 libros y 1500 artículos en diversas lenguas y revistas. La propia editorial Herder ha publicado algunos de sus libros más significativos: De la mística (2005) , Paz e interculturalidad (2006) y Mito, fe y hermenéutica (2007). Sólo estos tres títulos ya son un exponente del horizonte amplio en el que se movían sus intereses. Herder también ha apostado por difundir el pensamiento de Panikkar. Un ejemplo de ello es la excelente publicación del estudio de Victorino Pérez Prieto, Dios, hombre, mundo. La Trinidad en Raimon Panikkar (2008), libro que considero indispensable para conocer el complejo pensamiento de nuestro autor. En diversas lenguas, entre ellas el catalán (Fragmenta), ha empezado a editar su obra completa. Veremos quien asume el reto de publicarla en castellano.

En cualquier caso, la mejor forma de interpretar su legado no es como un punto de llegada, sino como un punto de partida. Nos toca ahora a nosotros tomar el relevo y continuar haciendo pasos de apertura siempre mayor, porque infinito es el misterio de lo Real.
In Memoriam
Raimon Panikkar
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